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El caminante

Estaba a un paso solamente. Dos meses le había llevado entenderlo, y al fin estaba por pasar al otro lado. Sesenta días tuvo que sufrir para comprender de una vez.
En su espalda llevaba su mochila con lo básico. Había pasado la época de andar con dos bolsos al hombro, ya no necesitó cargar con tanto equipaje. Lo indispensable, algo para pasar los próximos meses.
Al principio buscaba esa frontera con desesperación, desorientado, pero sin ninguna intención de encontrarla. Lo sabía. Sí, ahora lo sabía bien. Porque no miró atrás cuando su zapatilla, ya gastada de tanto viajar, se despegó del asfalto y pasó al otro lado. No se molestó en girar su cabeza, en mirar de reojo. Era suficiente con tener la certeza de todo lo que dejaba.
Alguna vez había pensado que él era el despojado, pero fue cuestión de tiempo comprender que, en cierta forma, era quien necesitaba desprenderse, que era hora de apartarlo y seguir.
Cuestión de tiempo. Endeble, volátil, relativo. Un reloj hubiese sido inútil, no siempre se cuenta con esas agujas. A veces se mide en canciones lloradas, emociones desencadenadas, borracheras forzadas. Sí, muchísimo tiempo que ahora, a la distancia, no parecía tan extendido. De hecho, ese paso que cruzó la frontera fue eterno. Pronto, esa pisada sería tan larga como esos dos meses. Así de breve.
Ya del otro lado, sería hora de repetir ese movimiento muchas veces más. Miles de eternidades, miles de instantes. Todo un largo camino con infinitas paradas pero un sólo destino.

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Y yo fui el agua helada, fui el viento gélido, los charcos bajo mis pies. No fue caminar en la lluvia, fue ser la lluvia congelando la piel reseca de las manos, el viento pegando en la cara dejando sentir sólo más frío.
Por un rato fui la sudestada.
Llevándome todo por delante, sin detenerme ante nada, sin reparar en nada.
Realmente disfruté ser la sudestada.
Que se venga otra tormenta, voy a estar preparado.
Cada vez más.