martes, 23 de diciembre de 2014

Gobi

Le pica el ojo. El humo dio directo en él. Disminuye el rojo de lo que será ceniza, se apaga lentamente. La última bocanada blanca se termina de diluir en el aire en una pirueta circense.
De fondo, un disco stoner. Los Natas. Siente arena a sus pies. Seca, ni un mínimo de humedad, se escurre entre los dedos. Quema la superficie, pero debajo refresca. Quema el sol a la piel, la música a la cabeza.
Son distintos ritmos, variaciones en un tema constante que llevan al trance. Y el desierto es tan tentador, tan extenso, tan... desierto. Su raíz es solitaria, no se estabiliza en el suelo arenoso, no lo retiene, no lo cuida.
Imagina noches en los médanos del oasis, imagina el frío. La cosquilla recorriendo las piernas, sus vellos barriendo los granos de arena. Imagina el olor; a nada. A oscuridad. Y arena. Y a su propia mugre.
Ve sólo negro adelante, luces que apenas se asoman detrás del médano a contraluz, no hay luna. Sí estrellas. Miles, millones, incontables.
El sabor ácido del hambre.
El sabor ácido del hambre se silencia ante la única presencia del viento. Durante la tormenta, la arena no deja escuchar otra cosa. Efes onomatopéyicas constantes.
Hasta que huele el palo santo, adoptado de los hippies; la música, en un contexto nuevo; lo que ve, son sus manos sobre el teclado; lo que siente, la superficie mate rugosa de las teclas; lo ácido, deja lugar a algo dulce perdido en la muela.
"Y es que el desierto lija todo lo que sobra y te cobra lo que no podés pagar".

lunes, 1 de diciembre de 2014

Como me lo prestaron, necesitaba dejar citas que me gustaran en algun lado

"Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente."
Axolotl

lunes, 20 de octubre de 2014

Puede aplicar a cualquiera

Villa del Parque. Jueves después del mediodía. Un distraído yo se topa con una situación especial a metros de la Iglesia Santa Ana, justo enfrente de la estación del tren San Martín.
Miles de personas pasan todos los días, buscando cosas que comprar en la calle más llena de negocios de la ciudad. Confiterías, rotiserías gourmet y no tanto, relojerías. Ropa, principalmente ropa; un local al lado del otro, un cliente al lado del otro.
A la vuelta, ahí pegadito, está el shopping. Salen de su interior con dos, tres bolsas en la mano. En la esquina, un talentoso y estudiado saxofonista llena con su magia el aire que respiran los negros y los hippies que venden joyas y sahumerios. Respectivamente.
Las dos casas de electrodomésticos más famosas compiten a solo ciento cincuenta metros de distancia, y una vía. La misma que lleva a un cuarto del país desde el corazón de su ciudad capital hasta sus hogares en los más distintos y recónditos puntos del conurbano bonaerense.
El distraído, huevo podrido es, ve y oye una conversación - porque se vive con todos los sentidos, y no sólo se oye con los oídos. La ve. Una mujer de unos recientes setenta años, mirando hacia abajo, esbeltas bolsas en una mano. La oye. Dice en voz muy alta, sin llegar a gritar, Bueno, hombre, todos estamos así y no andamos como usted.
Su destinatario, un tipo de equivalentes octubres, sentado en el cantero de un árbol. Algunas bolsas apelotonadas a sus pies. Cara de enojado, muy rojo. Cara de tristeza, muy azul. Contesta en el mismo volúmen, No, señora. ¿Cómo va a estar igual que yo? Cuando pase un día sin comer, entonces va a saber. Pero no puede decir que estamos igual.
Hay gente que usa derivados de la frase "con esa plata se podría haber dado de comer a gente que se muere de hambre". Siguen su vida habitual. Lo saben, pero prefieren ignorar. La ignorancia no implica carecer de diplomas y distinciones. Puede aplicar a cualquiera.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Justicia divina

Todavía no cumplió dos años y mi sobrino tuvo dos posibilidades serias de morir.
Mientras tanto, Mirtha Legrand se espanta porque Szifrón le habla de socialismo.
Si la vida se tratase de justicia y meritorios, estaríamos todos muertos. Incluso Robin Williams.

domingo, 23 de marzo de 2014

Las 5 buenas de cada día

Las de hoy:

- Sábado sin trabajo fuera de casa.
- Ensayo definitorio.
- Poder ver TVR mientras viajo en bondi.
- Que el chofer del 85 me cobre $0.05 y diga "no pasa nada, amigazo".
- La certeza de mañana.

domingo, 16 de marzo de 2014

El interés del desinterés

Hace unos meses ya, en un ambiente que no me llamaba demasiado, escuchaba hablar de "la voz".
Encontrar una voz, decían. Una voz propia.

HOLA

Era. Año. Día. Mes. Minuto

El mundo se mide en eras. Las eras se determinan por diversas cuestiones que realmente desconozco, pero siempre se busca una fecha específica que sea símbolo de ese cambio. Más allá de ese calendario, la transición es, como el nombre lo indica, gradual. No es que de un día para el otro te levantaste y zácate, estás en la era contemporánea.

Hoy miraba una foto de, en teoría, los 80s. En teoría no, exactamente 1980. Sin embargo, era muy setentas. Los 90s empezaron, culturalmente hablando, en 1991 con la explosión mundial del grunge y la generación X. Aproximadamente porque, como dije, no hay una fecha exacta para anotar en la agenda de los cumpleaños. Los 80 empezaron en el 82, más o menos. Toda una confusión.
Y así es también en tu propio reality show. Podría buscar fechas específicas para simbolizar épocas, para cuando se peleen los escritores armando los capítulos de mi biografía, pero realmente el momento en que se da el cambio es imperceptible. Un día mirás tus pies, después mirás adelante y tenés esa foto enfrente. Foto que te hace dudar si el autor de la muestra en la que estás es muy bueno y te gusta en demasía, o si en realidad acabás de darte cuenta que ese umbral que buscabas lo pasaste hace rato. No es llegar al parador en medio de la ruta, es seguir en camino. Será hasta la próxima estación de servicio. O puestito de quesos y salamines.

Ya que usé ese título, auspicia el Flaco:

sábado, 8 de marzo de 2014

De repente, Nelson me golpeó la memoria

Y me entraron ganas de hablar de Cuba. Y es que las calles tienen un algo que te hace no querer entrar a la casa.
Sea por la gente, que te viene a hablar de lo que sea que se les cruzó por la mente, o sea por el propio ambiente que se siente liviano, en cualquier caso se siente un apego a la calle.Se hacen ahí, viven ahí. En el compartir con el vecino, putearse, amigarse, pero siempre con ellos.
Solo tres personas del edificio en el que vivo desde hace poco saben mi nombre. Hay alumnos de los que me olvidé el nombre. Me cuesta acordarme caras de ex compañeros del colegio.
O la sociedad se esta yendo al bombo, o tengo que evitar cosas que agraven la amnesia.

Los cubanos viven con una tranquilidad que se nota. En la frescura de la charla, donde por inercia contestan a un "ei, oh" con "ia tu sábeh" o un "ohhh ehhh". Para nosotros, vocales huérfanas. Para ellos, lo suficiente, porque el resto saben que está bien. Pueden pensar en ahora, porque mañana no se van a morir de hambre.
Tan simple y difícil como eso.

lunes, 3 de febrero de 2014

30/12/2013

30/12/13. Sí, ya es mi cumple. El 29, como los ñoquis. El último de los veintipico. De noche. En un avión, camino a Lima, camino a Panamá, camino a, finalmente, Cuba. Y miro donde debería estar el ala.
Luz roja. Oscuridad. Oscuridad. Oscuridad. Luz roja.
Y así, interminablemente, en una eternidad relativa que depende en realidad de las cuatro horas y cincuenta minutos de vuelo. Miro esa luz cada cuatro segundos, como chequeando que el ala sigue ahí, que no nos vamos a caer.
Y es un poco así, mirar siempre esa luz mientras uno se prepara. ¿Para qué? No sé, pero se prepara. Porque si bien uno puede colgarse en lo que tenía que hacer, sabiendo que muy probablemente el ala siga estando, el día que terminados los cuatro segundos no pase lo supuesto, agarrate. Habrá que estar preparado, alerta para pilotear el choque lo mejor posible. Chin chin.

Irene, yo y mi otro yo y mi otro yo y mi otro yo y mi otro yo y mi otro yo y

¿Qué? ¿Qué querés? - le dije.
No contestaba. Sin embargo, me seguía a cada paso. Quebraba la cintura a lo Diego Armando y me repetía. Chequeé si era mi sombra, pero no. La sombra estaba buscando algo en la heladera. O no había, la verdad que no miré bien. No había dulce de leche, así que se agarró un queso blanco, mientras yo hacía las tostadas.
Daba vuelta un pan, y el muy descarado lo volvía a dar vuelta. Tuvimos las tostadas hechas en unos treinta minutos, con tanta revoleada panificadora.
Lo bueno es que mi sombra ya había preparado el té. Dos tazas para los tres, nomás. Las sombras sólo toman sombra de té, así que para qué usar tres tazas? Ah, claro, sí. Tres porque cuando me quemé pegué un gritito de mina y ahí vino el eco. eco. co. o. . Como la casa tiene reverberaciones más bien cortas no hizo falta la tercera, se fue rápido, sin saludar. Maleducado. O mal aprendido, vaya uno a saber. Con estas cosas nunca se sabe. Sobre todo siendo tan efímeras.
La cosa es que para cuando pude desayunar eran las cuatro menos diez de la tarde. Es que me había acostado tarde. Algunos días trabajo hasta la mañana del siguiente. Pero no es razón para estar dividido. O multiplicado, todavía no lograba entender.

Esa tarde quemamos (sí, primera persona del plural, los tuve que incorporar) cerca de cuarenta y ocho lamparitas de bajo consumo. Con esto de que si las prendés y apagás muy seguido se te van más fácil que las viejas. Yo prendía, el otro guacho apagaba y la sombra la prendía. Llegaba tarde, última, porque se estaba haciendo un mate. Le reclamé que si se iban a quedar, se abstuvieran a ser lo más parecidos a mí. No tomo mate, me hace mal, lo sabés.
Lo que no sabía era que como la sombra era mía, me terminaba pegando a mí. Imaginate. Yo iba al baño y el otro hacía lo mismo mientras la sombra seguía tomando mate. Ahí, ¡me iluminé!. Me di cuenta que podía prender alguna luz para generar una sombra real. De golpe, tenía dos sombras. De golpe porque se empezaron a dar de lo lindo. En el baño. Imaginate.
Lo bueno de presenciar una pelea de sombras es que, en primer lugar, no vuela sangre ni ningún tipo de fluido. En segundo, no pueden romper nada. Y tercero y final, es un hermosísimo espectáculo de homónimas chinescas. Y cuarto (¿por qué el tercero era "final"? Porque La guerra de las galaxias nos enseñó que el final es la tercera, o el tercer episodio, según como uno lo vea). Decía, cuarto, con el tema de que yo prendía y el otro apagaba, encima era un show de luces estroboscópicas, pero al revés.

Cuando se quemó la última lamparita que quedaba nos quedamos sin sombras. Pero el otro me seguía, insistente. Se me ocurrió empezar a correr por la casa. No tenía mucho sentido. Aunque llegué a pensar que así podía hacer ejercicio sin salir. Vuelta va, vuelta viene, yo corría más rápido. Estaba por sacarle una de ventaja y sentí algo raro. Me llevé puesto el cable de la zapatilla (la eléctrica, si no sería un cordón). Claro, lo raro era que ya no corría, volaba. Calculé que fueron cuatro metros. Y en vez de pasarlo, me lo llevé puesto.

Fue una sensación extraña.

Cuando me levanté, me dí cuenta. Correr la zapatilla fue una buena idea para que el muy hijo de puta dejase de adelantarse a cada movimiento que yo iba a hacer. Estaba tan metido en hacer las cosas de antemano que ni se fijó cuando pateé el cable.
En fin, fue un domingo divertido. La semana que viene voy a ver si vuelven y jugamos al twister.

PD: tengo que comprar lamparitas.