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Era. Año. Día. Mes. Minuto

El mundo se mide en eras. Las eras se determinan por diversas cuestiones que realmente desconozco, pero siempre se busca una fecha específica que sea símbolo de ese cambio. Más allá de ese calendario, la transición es, como el nombre lo indica, gradual. No es que de un día para el otro te levantaste y zácate, estás en la era contemporánea.

Hoy miraba una foto de, en teoría, los 80s. En teoría no, exactamente 1980. Sin embargo, era muy setentas. Los 90s empezaron, culturalmente hablando, en 1991 con la explosión mundial del grunge y la generación X. Aproximadamente porque, como dije, no hay una fecha exacta para anotar en la agenda de los cumpleaños. Los 80 empezaron en el 82, más o menos. Toda una confusión.
Y así es también en tu propio reality show. Podría buscar fechas específicas para simbolizar épocas, para cuando se peleen los escritores armando los capítulos de mi biografía, pero realmente el momento en que se da el cambio es imperceptible. Un día mirás tus pies, después mirás adelante y tenés esa foto enfrente. Foto que te hace dudar si el autor de la muestra en la que estás es muy bueno y te gusta en demasía, o si en realidad acabás de darte cuenta que ese umbral que buscabas lo pasaste hace rato. No es llegar al parador en medio de la ruta, es seguir en camino. Será hasta la próxima estación de servicio. O puestito de quesos y salamines.

Ya que usé ese título, auspicia el Flaco:

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La última tormenta de invierno

Una vez cada tanto realmente disfruto caminar en la lluvia.
Pero esta vez no fue sólo eso. Esta vez hizo frío, el agua parecía hielo. Las manos quemaban heladas, parecían dormidas por momentos. Los pies agradecían haberme puesto borcegos, siendo los que mejor la estaban pasando. Mi campera impermeable no dejaba de tirar toda el agua que repelía sobre el jean gastado, que parecía pesar más que yo mismo al nacer.
La sudestada finalmente llegó.
Y yo fui el agua helada, fui el viento gélido, los charcos bajo mis pies. No fue caminar en la lluvia, fue ser la lluvia congelando la piel reseca de las manos, el viento pegando en la cara dejando sentir sólo más frío.
Por un rato fui la sudestada.
Llevándome todo por delante, sin detenerme ante nada, sin reparar en nada.
Realmente disfruté ser la sudestada.
Que se venga otra tormenta, voy a estar preparado.
Cada vez más.