lunes, 24 de octubre de 2016

El aprendiz

Está esa manía de pasar todo por la fe. Pero no cualquier fe, es una que se aboca únicamente a una arista pseudoespiritual, totalmente comercial. ¡Que hay una industria, carajo! No es muy difícil de ver, pero la única manera es salir del cerco y mirarlo todo de afuera.

Hay fotos que se disfrutan desde el detalle, pero hay otras que van a dar todo desde su forma. A esas, cuando uno las ve de lejos o en un tamaño un poco más pequeño del habitual, se las puede apreciar como son.
Si se intenta recorrer un valle y decidir sin mapa para qué lado salir al lago que supuestamente está a mano, la desorientación, estando dentro del paisaje, tiene mayores probabilidades que pegarle a qué sueño salió a la cabeza en la quiniela esta mañana. Es eso, un mapa desde afuera, una brújula desde dentro.
Pero esa rosa de los vientos es negada en la Fe, esa que va con mayúscula inicial porque lo dice la Real Academia, esa que está vedada, y son los que se atreven a hacer uso de su cercenado libre albedrío los bienaventurados contempladores de la realidad.
Supongamos por un momento que nos animamos a cuestionar la definición de dios, de aquello que rige la realidad colectiva. Hablo de algo conjunto porque así está aceptado, asumido y protegido. No sea cosa que se nos vayan por las ramas, literalmente.
¿Qué carajo quiero decir? Quiero decir que el sol sale todos los días, cuando se oculta estamos un poco menos bien, un poco menos felices, un poco menos vivos. Cuando es luna llena nos emocionamos pensando en ella, en las historias que cada uno prefiere inventarse, en los peces que vamos a agarrar si fuésemos pescadores. No, pecadores no. ¿Pecado? Es ser humano, así que me importa poco si soy pecador, es cosa de los dioses, no mía.
Vuelvo. Recuerdo unas vacaciones donde no tomé líquido por muchísimas horas y senderos andados, y cuando llegué a destino mi cuerpo entendió que estaba en un momento propicio para reclamar algún alivio para su agotamiento. Eso quiere decir que me sentía tan mal como pocas veces recuerdo, pero no porque la estuviese pasando mal de ánimo. La solución fue tomar líquido de a montones hasta que me volvió el alma al cuerpo. Esa que supuestamente está en el medio del pecho y según en qué creas o se va al infierno seguro o es ella misma un ser superior que trasciende todo lo que nuestro cerebro, nuestra razón logra comprender. Porque está lejos de la razón, y eso que soy una persona hiper racional, pero la piel dice otra cosa. Hay algo adentro, el alma, la esencia, que me habla de lo que una vez fuimos. De lo que todavía somos pero dejamos de oir.

Y es tan placentero oirla. Cuando logramos apagar la vida moderna de la ciudad, sus colores y sonidos sobredimensionados, su droga, su comodidad irresponsable, podemos sentir algo desde muy profundo que nos pide por favor tener algún contacto con la tierra que pisamos, que no nos olvidemos que a fin de cuentas, seamos del reino que la biología quiera que seamos, somos todos lo mismo.

Todo esto no es más que la resistencia, porque esta modernidad en la sociedad ya ganó.
En mí no; pienso dar batalla así me cueste esta vida.