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30/12/2013

30/12/13. Sí, ya es mi cumple. El 29, como los ñoquis. El último de los veintipico. De noche. En un avión, camino a Lima, camino a Panamá, camino a, finalmente, Cuba. Y miro donde debería estar el ala.
Luz roja. Oscuridad. Oscuridad. Oscuridad. Luz roja.
Y así, interminablemente, en una eternidad relativa que depende en realidad de las cuatro horas y cincuenta minutos de vuelo. Miro esa luz cada cuatro segundos, como chequeando que el ala sigue ahí, que no nos vamos a caer.
Y es un poco así, mirar siempre esa luz mientras uno se prepara. ¿Para qué? No sé, pero se prepara. Porque si bien uno puede colgarse en lo que tenía que hacer, sabiendo que muy probablemente el ala siga estando, el día que terminados los cuatro segundos no pase lo supuesto, agarrate. Habrá que estar preparado, alerta para pilotear el choque lo mejor posible. Chin chin.

Irene, yo y mi otro yo y mi otro yo y mi otro yo y mi otro yo y mi otro yo y

¿Qué? ¿Qué querés? - le dije.
No contestaba. Sin embargo, me seguía a cada paso. Quebraba la cintura a lo Diego Armando y me repetía. Chequeé si era mi sombra, pero no. La sombra estaba buscando algo en la heladera. O no había, la verdad que no miré bien. No había dulce de leche, así que se agarró un queso blanco, mientras yo hacía las tostadas.
Daba vuelta un pan, y el muy descarado lo volvía a dar vuelta. Tuvimos las tostadas hechas en unos treinta minutos, con tanta revoleada panificadora.
Lo bueno es que mi sombra ya había preparado el té. Dos tazas para los tres, nomás. Las sombras sólo toman sombra de té, así que para qué usar tres tazas? Ah, claro, sí. Tres porque cuando me quemé pegué un gritito de mina y ahí vino el eco. eco. co. o. . Como la casa tiene reverberaciones más bien cortas no hizo falta la tercera, se fue rápido, sin saludar. Maleducado. O mal aprendido, vaya uno a saber. Con estas cosas nunca se sabe. Sobre todo siendo tan efímeras.
La cosa es que para cuando pud…