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De repente, Nelson me golpeó la memoria

Y me entraron ganas de hablar de Cuba. Y es que las calles tienen un algo que te hace no querer entrar a la casa.
Sea por la gente, que te viene a hablar de lo que sea que se les cruzó por la mente, o sea por el propio ambiente que se siente liviano, en cualquier caso se siente un apego a la calle.Se hacen ahí, viven ahí. En el compartir con el vecino, putearse, amigarse, pero siempre con ellos.
Solo tres personas del edificio en el que vivo desde hace poco saben mi nombre. Hay alumnos de los que me olvidé el nombre. Me cuesta acordarme caras de ex compañeros del colegio.
O la sociedad se esta yendo al bombo, o tengo que evitar cosas que agraven la amnesia.

Los cubanos viven con una tranquilidad que se nota. En la frescura de la charla, donde por inercia contestan a un "ei, oh" con "ia tu sábeh" o un "ohhh ehhh". Para nosotros, vocales huérfanas. Para ellos, lo suficiente, porque el resto saben que está bien. Pueden pensar en ahora, porque mañana no se van a morir de hambre.
Tan simple y difícil como eso.

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Pero esta vez no fue sólo eso. Esta vez hizo frío, el agua parecía hielo. Las manos quemaban heladas, parecían dormidas por momentos. Los pies agradecían haberme puesto borcegos, siendo los que mejor la estaban pasando. Mi campera impermeable no dejaba de tirar toda el agua que repelía sobre el jean gastado, que parecía pesar más que yo mismo al nacer.
La sudestada finalmente llegó.
Y yo fui el agua helada, fui el viento gélido, los charcos bajo mis pies. No fue caminar en la lluvia, fue ser la lluvia congelando la piel reseca de las manos, el viento pegando en la cara dejando sentir sólo más frío.
Por un rato fui la sudestada.
Llevándome todo por delante, sin detenerme ante nada, sin reparar en nada.
Realmente disfruté ser la sudestada.
Que se venga otra tormenta, voy a estar preparado.
Cada vez más.