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Por qué creer

"En muchísimos aspectos esta choesión de la conciencia de la clase obrera culminó, en los antiguos países desarrollados, al término de la segunda guerra mundial. Durante las décadas doradas casi todos sus elementos quedaron tocados (...). Una existencia mucho más próspera de lo que jamás hubiera esperado llevar alguien que no fuese norteamericano o australiano pasó a "privatizarse" gracias al abaratamiento de la tecnología y a la lógica del mercado: la televisión hizo innecesario ir al campo de fútbol, del mismo modo que la televisión y el vídeo han hecho innecesario ir al cine, o el teléfono ir a cotillear con las amigas en la plaza o en el mercado (...). La prosperidad y la privatización de la existencia separaron lo que la pobreza y el colectivismo de los espacios públicos habían unido."
Fragmento de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, capítulo X.

De esto, tengo dos cosas para decir. Una:
"Y una vez que veas que
lo que tenés te tiene a vos
vas a sufrir lo que sos."

Dos, que no importa con cuántos embates el capitalismo trate de hipnotizar al planeta, siempre va a generar desigualdad, y en eso está la esperanza de cambio inminente. Porque ante la necesidad y el hambre se vuelven a abrir los ojos y, siento desilusionar a los pesimistas, pero despierto el hombre es un ser solidario y colectivo. Con los ojos abiertos se ve más claro.



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Música para romper todo

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Ese tema que te acompaña cuando estás enojado porque te volcaron café caliente encima, un albatros te cagó el auto justo después de lavarlo, te interrumpieron el polvo cuando te faltaban dos bombeos para acabar, te bancaste tres colectivos que no pararon, por amable bajaste del subte para dejar subir gente y te quedaste abajo, la señora adelante tuyo en la cola del banco te ve cara de oyente para sus quejas a la burocracia del sistema, la falta de educación …

La última tormenta de invierno

Una vez cada tanto realmente disfruto caminar en la lluvia.
Pero esta vez no fue sólo eso. Esta vez hizo frío, el agua parecía hielo. Las manos quemaban heladas, parecían dormidas por momentos. Los pies agradecían haberme puesto borcegos, siendo los que mejor la estaban pasando. Mi campera impermeable no dejaba de tirar toda el agua que repelía sobre el jean gastado, que parecía pesar más que yo mismo al nacer.
La sudestada finalmente llegó.
Y yo fui el agua helada, fui el viento gélido, los charcos bajo mis pies. No fue caminar en la lluvia, fue ser la lluvia congelando la piel reseca de las manos, el viento pegando en la cara dejando sentir sólo más frío.
Por un rato fui la sudestada.
Llevándome todo por delante, sin detenerme ante nada, sin reparar en nada.
Realmente disfruté ser la sudestada.
Que se venga otra tormenta, voy a estar preparado.
Cada vez más.