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Viaje al centro deLACONCHADETUHERMANA

Se fija la hora en el celular. Tiene guardados todos los horarios. Llegando a la estación se escucha la barrera. "Que no sea el mío, que no sea el mío que no llego". De izquierda a derecha pasan la locomotora y siete u ocho vagones. Nunca supo realmente cuántos van.
Suspira, no era, "llego bien". En realidad no tiene un horario estricto para cumplir, solamente quiere la sensación de tener un plan. Al final, lo que está haciendo no es más que viajar y viajar. Quiere estar en el tren. Durante un cuarto de siglo apenas recuerda haberlo tomado. Pero los últimos años son su vida. En realidad no sabe. No sabe nada, pero todo lo lleva a subir al tren. Hasta la boletera, pareciera, se quiere poner en su contra. "No, no, ida y vuelta te dije". Sólo ida quedará para otra ocasión. U otro tren. Chequeó hace un rato nomás posibles nuevos espacios para darles calidez de hogar. Eso si, todos cerca de la misma línea, del mismo tren, de los mismos destinos. El tren llegó. Lleno. Demasiado lleno. "¡Che, en cinco pasa el próximo!", avisa el guarda, cansado de que la gente se cuelgue y de no poder salir. Piensa. Cinco minutos, mismo tren, mismo destino. "Y buen, espero, yo lo que quiero es llegar".

Epílogo
Llegó. Pero mágicamente el hogar es y no es. Será cuestión de (más temprano que tarde) tomar su decisión y definir si es.
La concha de tu madre all boys.

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La última tormenta de invierno

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La sudestada finalmente llegó.
Y yo fui el agua helada, fui el viento gélido, los charcos bajo mis pies. No fue caminar en la lluvia, fue ser la lluvia congelando la piel reseca de las manos, el viento pegando en la cara dejando sentir sólo más frío.
Por un rato fui la sudestada.
Llevándome todo por delante, sin detenerme ante nada, sin reparar en nada.
Realmente disfruté ser la sudestada.
Que se venga otra tormenta, voy a estar preparado.
Cada vez más.