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Chullachaqui

Yo ya no soy yo, pensaba hace un rato sumido en angustia, pena por mí mismo. "Pobre flaco". Tenía miedo de, tan temprano, haberme convertido en un chullachaqui. Un chullachaqui es una imagen vacía de uno mismo, como una foto o una estatua; a la larga, una persona también.
Cumplo 32 años la semana que viene, no puede ser que ya lo sea. Pensé eso en medio de unas ganas de llorar que nunca se concretan, como ya pasó varias veces en el último tiempo. Ni siquiera puedo esbozar lágrimas.
La parte que intenta sobrevivir busca soluciones, después de gritarle a Feli, la gata, mi gata, la que me acompaña todos los días, porque la veo rara y me maúlla todo el tiempo. Le grito que ya tiene comida, que qué quiere. Me presiono las sienes, intento destrabar la mandíbula que acusa bruxismo. El poder a los soviets y la tensión a las cervicales.
Los primeros días fueron de paz y armonía, pero me doy cuenta que hace por lo menos una semana estoy en un lugar ajeno, estoy despojado de un hogar. No un techo y cuatro paredes, un hogar.
Abúlico, apático, apátrida.
Pienso, intentando darme alguna esperanza, que está agotado mi tiempo en esta vida. Es hora de otra cosa, no puedo encontrar el cómo, sólo entiendo que ya es hora.
Y creo que tengo miedo. No, estoy seguro. Tengo miedo. Mucho miedo potenciado por la cercanía del fin de año que significa muchas cosas. Temo que venga de la mano de otros fines; lo pienso y más confirmo lo arrepentido que estoy por primera vez en la vida de haber tomado un camino que no quería.
En la pared del cuarto de quinceañera de mi hermana habían escrito "nunca te traiciones". Lo llevé como bandera, pero hoy veo que se convirtió en un trapo sucio que sin querer uso para limpiar la leche derramada a la que no puedo llorar porque no me sale.
Extraño perder sin traicionarme.
Extraño ser yo.


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Música para romper todo

A principio de año, antes de tener blog y siquiera pensar en ello, armé una de las que facebook llama "notas".
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La última tormenta de invierno

Una vez cada tanto realmente disfruto caminar en la lluvia.
Pero esta vez no fue sólo eso. Esta vez hizo frío, el agua parecía hielo. Las manos quemaban heladas, parecían dormidas por momentos. Los pies agradecían haberme puesto borcegos, siendo los que mejor la estaban pasando. Mi campera impermeable no dejaba de tirar toda el agua que repelía sobre el jean gastado, que parecía pesar más que yo mismo al nacer.
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Y yo fui el agua helada, fui el viento gélido, los charcos bajo mis pies. No fue caminar en la lluvia, fue ser la lluvia congelando la piel reseca de las manos, el viento pegando en la cara dejando sentir sólo más frío.
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Llevándome todo por delante, sin detenerme ante nada, sin reparar en nada.
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Cada vez más.

Exorcismo

Cuando está en lo más profundo de las vísceras es propio, más mío que nunca jamás.  Un celo severo se encargará de cuidarlo y mantenerlo a salvo, a resguardo de que pueda ser siquiera visto de reojo, hasta que un día, o muchos, necesite ser excretado, expulsado, excomulgado de este cuerpo non sancto para permitirle ser de quien quiera serlo. 
Este no es más su hogar; retírese y no vuelva.