martes, 20 de diciembre de 2016

Chullachaqui

Yo ya no soy yo, pensaba hace un rato sumido en angustia, pena por mí mismo. "Pobre flaco". Tenía miedo de, tan temprano, haberme convertido en un chullachaqui. Un chullachaqui es una imagen vacía de uno mismo, como una foto o una estatua; a la larga, una persona también.
Cumplo 32 años la semana que viene, no puede ser que ya lo sea. Pensé eso en medio de unas ganas de llorar que nunca se concretan, como ya pasó varias veces en el último tiempo. Ni siquiera puedo esbozar lágrimas.
La parte que intenta sobrevivir busca soluciones, después de gritarle a Feli, la gata, mi gata, la que me acompaña todos los días, porque la veo rara y me maúlla todo el tiempo. Le grito que ya tiene comida, que qué quiere. Me presiono las sienes, intento destrabar la mandíbula que acusa bruxismo. El poder a los soviets y la tensión a las cervicales.
Los primeros días fueron de paz y armonía, pero me doy cuenta que hace por lo menos una semana estoy en un lugar ajeno, estoy despojado de un hogar. No un techo y cuatro paredes, un hogar.
Abúlico, apático, apátrida.
Pienso, intentando darme alguna esperanza, que está agotado mi tiempo en esta vida. Es hora de otra cosa, no puedo encontrar el cómo, sólo entiendo que ya es hora.
Y creo que tengo miedo. No, estoy seguro. Tengo miedo. Mucho miedo potenciado por la cercanía del fin de año que significa muchas cosas. Temo que venga de la mano de otros fines; lo pienso y más confirmo lo arrepentido que estoy por primera vez en la vida de haber tomado un camino que no quería.
En la pared del cuarto de quinceañera de mi hermana habían escrito "nunca te traiciones". Lo llevé como bandera, pero hoy veo que se convirtió en un trapo sucio que sin querer uso para limpiar la leche derramada a la que no puedo llorar porque no me sale.
Extraño perder sin traicionarme.
Extraño ser yo.


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